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Ignacio nos invita a ver la inmensidad de Dios y lo que Él nos tiene propuesto


San Ignacio nos invita a dejarnos arrastrar por el Cristo de la cruz, a que nos dejemos amar y encontrar. Quizás lo peor estaba enfrente y no caí porque fui rescatado. Quedate frente a Jesús crucificado sin muchas palabras ni discursos, mostrándole tu vida y sobretodo dejándote descubrir cuánto te busca y te ha buscado.

En éstos primeros días de este mes de ejercicios, seguimos marchando en el camino propuesto por San Ignacio para rezar y encontrarnos con Dios. Es importante tomarnos tiempo para tener ese rato de oración, sin teléfono ni nada que nos inquiete. Dedicarlo al contacto íntimo con el Señor.

Ignacio nos invita a ver la inmensidad de Dios y lo que Él nos tiene propuesto y estaba en su intención de creador para nosotros, y que Él imprimió como camino en nuestro corazón. Salud, vida larga, necesidades materiales, las sufrimos, las necesitamos pero no debemos atarnos. También nos hablaba del más, como búsqueda de horizonte superador que Dios nos da. Es el Dios que está en nuestro corazón, que nos habla en el silencio, pero que se comunica con lo que sentimos, de ahí la importancia de conectarnos con esa parte nuestra. Además muestran la profunda inclinación de nuestro deseo, que intentaremos aprender a discernir.

Los movimientos interiores

Consolación y desolación son los dos campos a los que Ignaciano nos invita a considerar, son los modos privilegiados en los que Dios nos hablará.

Consolación: sentimientos de paz, alegría, ganas, fervor, confianza, de dolor por lo que hacemos y nos hace consciente de que tenemos que rectificar ciertas cosas, y por los dolores de Cristo en la cruz. La consolación es el campo donde más nos habla el buen espíritu, y debemos disfrutar y agradecer, dejarnos animar y fortalecer. Ahí es donde Dios nos mueve para adelante. La alegría y el consuelo son pura gracia gratuita de Dios, nosotros no las fabricamos con nuestras buenas obras.

Desolación: en el campo de la desolación también podemos aprender mucho, en donde las cosas no son tan agradables, pero es el lugar en el que aprender a pararse frente a las tentaciones. Es un campo donde el mal nos agarrará con las guardias bajas y el gran lugar donde nos enfrentaremos con la tentación de un modo especial porque nos aborda con tristezas, vacíos, sequedades interiores, momentos de desgano donde Dios parece muy lejano, donde no sentimos nada, donde estamos más bien movidos a pasiones, dificultades, enriedos, donde se presenta la ansiedad, y la tristeza ya no es por amor a alguien sino algo difuso que nos abate. Florecen pensamientos negativos. En la desolación, el mal espíritu que busca trabarnos, va a prevalecer con su voz. Es importante constatarlo, decir “éstos son mis sentimientos”. ¿Qué siento, que me surge pensar?

En la desolación, San Ignacio, dice que no hay que tomar grandes cambios ni resoluciones. Más bien hay que trabajar en paciencia, hacer todo lo que tenemos que hacer, y hacer diametralmente lo contrario a lo que el mal inspira: si estás abatido y tirarse a la cama, usted haga cosas… si usted está demasiado ansioso, más bien busque un momento libre, comparta con alguien, rece. San Ignacio invitará a rezar más de lo que habitualmente rezamos, junto con alguna privación, para moderarnos. La penitencia ofrecida por alguien, direcciona el corazón. Si se ponen los medios, Dios volverá a consolarnos. Va a ser muy importante la desolación para aprender a conocer nuestros combates.

Causas de la desolación: puede que sea porque no estoy haciendo bien las cosas o porque estoy trabado por eso me lleva a esos estados de confusión, sequedad y ansiedad. O puede ser que sea momento de prueba de choques con los otros que provocan este desconcierto y apagón. También puede ser que no nos vengan los momentos lindos de la consolación, porque Él quiere mostrarnos que no los vamos a producir nosotros, sino que es Él quien los regala. Esa alegría interior de sentirnos serenos y en paz, no los producimos nosotros, sino que se dan cuando el espíritu se encuentra en humildad, en su lugar y en su camino.

Consolación y desolación, y los medios para identificarlos son la base del discernimiento que nos ayudará a ver qué nos está pasando mientras rezamos. Es el lenguaje de la oración y la vida interior, que nos permite discernir los caminos de Dios. Por eso es importante anotar en los momentos de oración qué vamos sintiendo. Esto nos ayudará a ir leyendo la oración más adelante.

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Admirarnos de su bondad

San Ignacio después de invitarnos a considerar este Dios que tiene un plan para nosotros, que se despliega y que nos crea con una libertad direccionada hacia lo grande, al encuentro de nosotros con su amor, nos dice que la respuesta que el ser humano dio no es la mejor. El pecado es la respuesta de autosuficiencia, de rechazo a su amor, de intentar hacernos dioses. Es el origen de la apertura del misterio de la oscuridad que ya se ha mezclado en nuestras vidas, y el mal es una realidad en nosotros. San Ignacio nos lleva a confrontar el amor de Dios infinito con esta realidad tan pobre nuestra. Y nos invita a admirarnos de la bondad de Dios, de su misericordia amante que no puede dejar de amarnos y que sigue apostando por nosotros. ¿Cómo puede ser que me perdone? ¿cómo rescatarme si yo soy parte de todo este mal por acción, omisión, complicidad, etc?.

En la exhortación evangélica en el N° 52 -60 y siguientes, el Papa Francisco hace un paneo de los males del mundo, de las realidades tremendas del mundo que construimos o que ayudamos a construir aunque sea con la omisión: contextos de injusticia, de hambre, de perversión, de idolatría de cosas sin sentido, sobre todo el dinero. Todas estas cosas son reales y forman parte de lo nuestro. San Ignacio nos invita a ver y no quedarnos ahí, sino admirarnos por tanto amor de Dios. ¿Dios sigue apostando por el ser humano? ¿Cristo vino a jugarse por algo que cree valioso en nosotros? ¿será el amor una apuesta ciega a creer en que sos valioso, en que tu bondad existe a pesar que los hechos parecieran mostrar lo contrario?. Algunos creen que los hombres son condenados a hacer el mal, sin embargo nuestra fe en Jesucristo nos dice lo contrario.

Nos animamos con el salmo 126 a pedirle al Señor que nos ayude a movernos en este mundo sintiendo la pesadez pero también su ayuda permanente. “Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, porque extiende su oído ante mí cuando lo invoco”. “Me apretaron los lazos de la muerte, las redes del sepulcro; me ahogaban la angustia y el fastidio, pero invoqué al Señor: "!Salva, oh Señor mi vida!" El Señor es muy justo y compasivo, nuestro Dios está lleno de ternura; defiende a los pequeños el Señor, estaba yo sin fuerza y me salvó" (Salmo 116).

“El señor es clemente y justo, nuestro Dios es clemente y compasivo” (Salmo 103). “Alma mía recobra la calma que el Señor ha sido bueno contigo” (Salmo 114)

 

Hoy no nos invita Ignacio a ver todos los males que hago como con una lista, sino a admirarnos a este Dios que nos ama y que es clemente y compasivo.

En Lc 18, 5 se nos narra la escena del publicano y pecador que estaba al fondo de la sinagoga. Por su parte, el fariseo en el primer banco, golpeándose el pecho casi por compromiso. En cambio nosotros, publicanos pecadores, pedimos al Señor clemencia y piedad casi sin levantar la mirada. Nos acercamos con vergüenza de nuestros males. San Ignacio nos hace pedir “vergüenza y confusión”.

Confundir nuestro ego que se cree mucho y sentir vergüenza porque soy parte de este mundo, y soy causa de que la gente sufra, que tengan hambre… Mi indiferencia, mi comodidad, también suma dolor. A veces tenemos sufrientes muy cerca en nuestras familias, y necesitamos acercarnos como los publicanos avergonzados por tanto amor de Dios y preguntarnos qué hemos hecho nosotros con tanto regalo.

Está de moda lo morboso, lo rastrero, lo impulsivo casi haciendo alarde de que el ser humano pasa por eso. Y después nos encontramos con adicciones, violencia, corrupción y nosotros somos cómplices. Dios nos perdona, así como somos y como estamos. Pedimos gracia de vergüenza y confusión, y adentrémonos con la cabeza gacha en la oración.

Rezamos con el texto del publicano, el Salmo 116, 86, 50 u otros que nos ayude a compungirnos y ponernos en presencia de un Dios que nos sigue amando.

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Un Dios que rescata lo perdido

En Lc 15,  el evangelista nos presenta las parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la dracma perdida y que la dueña revuelve todo para poder encontrarla y la parábola del Padre misericordioso.

En las 3 parábolas algo se ha perdido. Lo creemos descartable y sacrificable, como dice el Papa Francisco. Lo perdido y lo descartable de nosotros mismos, que por no desordenar la casa, la apariencia, la forma la estructura, dejamos que pierda su valor. Dios viene a revolver la casa, a buscar eso que a mí me parece descartable, esa oveja que ya no tiene sentido.

Para Dios todo tiene sentido si dice algo de sus hijos que somos nosotros. Hoy descartables son los drogadictos cada vez más difícil de atender, los presos que preferimos tenerlos encerrados y sin derechos, los que encerramos en los psiquiátricos, son imágenes de lo que no nos gusta de nosotros mismos.

¿Nos pone ellos en acto,  de lo que nosotros no podemos hacer? Los tenemos ahí arrinconados pero son las imágenes de nuestras debilidades, que gracias a Dios y a muchas personas no se fueron desarrollando llevándonos más allá. Lo descartable, Dios lo busca y lo vuelve a recuperar, espera en la puerta con los brazos abiertos. No importa qué hizo, que vuelva; no importa quién es, ábranle las puertas.

Nos advierte el Papa Francisco, sobre todo a los curas, en no ponernos en aduana ni en jueces, porque nada ni nadie puede ponerle límites a la misericordia de Dios. Muchas veces tendremos que compungirnos por ser discriminadores de los demás porque nos muestran lo que no nos gusta.

San Ignacio nos propone terminar en un coloquio con Cristo crucificado. Él es el que te vino a buscar y rescatar, el que te quiere más allá de lo que hagas, el que te espera con los brazos abiertos, él que representa al amor de su Padre porque nos recibe con una fiesta, ese es el que está en la cruz. San Ignacio, tan realista en su modo de amar, no nos propone que pensemos qué vamos a cambiar, sino que nos animemos a amar a Cristo. Y por amor vamos a cambiar, como nos pasa siempre, si no es el amor el que nos llama a un cambio, no existe. Por ese Cristo, ¿qué hice, qué hago, qué haré?. No en el futuro, sino ahora, hoy. ¿Qué puedo yo? Porque ese  que es chiquito es lo que nos invita a lo más grande.

San Ignacio nos invita a arrastrarnos por este Cristo en la cruz, a que nos dejemos amar y encontrar. Quizás lo peor estaba enfrente y no caí porque fui rescatado.

 Quedate frente a Jesús crucificado sin muchas palabras ni discursos, mostrándole tu vida y sobretodo dejándote descubrir ¿cuánto te busca y te ha buscado?

 

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