«Los otros son mis hermanos» Carta Pastoral de Cuaresma 2021

Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20).

Queridos hermanos:

El tiempo de cuaresma que empezamos, siempre es una oportunidad que nos regala Dios para volver a Él. Durante varias semanas nos preparamos desde la conversión y la penitencia, pero sobre todo con esperanza, para celebrar el misterio de la Pascua. Es un tiempo para que acompañemos a Cristo el Señor en su vida y misión, en su pasión y sufrimiento, y en su entrega sin límites por amor para nuestra redención. Es el misterio de la Pascua donde el Señor da su vida, muere y resucita. La Pascua hace consistente nuestra esperanza porque la vida triunfa sobre la muerte. La liturgia, sobre todo en tiempos fuertes como la cuaresma que iniciamos, nos permite actualizar la fe de lo que celebramos e internalizar sus gestos y palabras a través de los sacramentos, con la ayuda de la gracia para poder volver a Dios. La liturgia es la fuente de espiritualidad más importante que tiene la Iglesia. Los invito a que desde este miércoles de ceniza vivamos intensamente el don que Dios nos da y que con esperanza nos introduzcamos en este tiempo litúrgico.

El propósito de esta carta es ofrecer algunos aportes para realizar un examen de conciencia donde con humildad podamos revisar nuestra vida tanto en la dimensión personal como en la social y eclesial. Es obvio que el camino espiritual y la búsqueda de conversión no es en orden a una mera perfección individual, sino que desde la virtud de la humildad buscamos convertirnos al amor misericordioso de Dios. Y desde Él, ser puentes de su amor para nuestros hermanos. Para con todos, pero sobre todo con los más pobres y excluidos. En esto nos podrá ayudar la última encíclica del Papa Francisco «Fratelli tutti».

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Es bueno que desde el inicio señalemos algunos elementos bíblicos y antropológicos sobre el amor como fundamento de toda dignidad humana. El amor es la clave de comprensión de la propuesta que el Señor nos hace como Camino, Verdad y Vida. Dios es amor (1 Jn 4,8) cita el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica llamada justamente «Deus Caritas est». Esto es clave porque teniendo ese puerto claro evitaremos desviarnos o desorientarnos en falsos caminos de perfeccionismo voluntarista o bien, lo contrario, que puede llevarnos a una teologización de la realidad en donde se diluye nuestra responsabilidad y compromiso en la realización y transformación de la historia que requiere del corazón y las manos del hombre. Si Dios es amor y el hombre está hecho a imagen y semejanza suya, sólo se plenifica y realiza en el amor. Desde aquí podremos hacer nuestro examen de conciencia cuaresmal y plantearnos aquello que nos señala el Papa Francisco en «Fratelli tutti» citando algunos textos del Nuevo Testamento: «Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14).

«Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está y camina en las tinieblas» (1 Jn 2,10-11). «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3,14). «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).

Estos textos nos ayudan a comprender mejor el misterio pascual, la propuesta del Señor como Camino. Él, por amor y para redimirnos, dio su vida y resucitó. En la Pascua fuimos redimidos. Pero también en ese gran misterio comprendemos que el amor que se dona y que da la vida es el camino donde nos plenificamos en nuestra dignidad humana.

En nuestro tiempo este mensaje es una clave de comprensión -quizá la única- para volver a Dios y entender nuestra creaturidad, y también volver a los hombres generando vínculos solidarios y fraternos. En un buen examen de conciencia podremos revisar nuestro vínculo con Dios y con los hermanos desde esta expresión tan profunda que nos enseña que estamos llamados al amor.

Lamentablemente en los mensajes y propuestas que escuchamos abundan los modelos fundados en el tener y el poder, en el consumismo en el que los otros no son mis hermanos sino sólo objetos. Son modelos en los que todo se compra y se vende. Es obvio que en una propuesta sólo mercantil los pobres son excluidos o quizás son un problema que se ignora o elimina.

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En nuestra carta cuaresmal tomamos el capítulo 2 de la encíclica «Fratelli Tutti» que el Papa Francisco titula: «Un camino extraño». Allí reflexiona esa conocida y 

profunda parábola del buen Samaritano (Lc 10,25-37). «Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el camino, que había sido asaltado. Pasaron varios a su lado pero huyeron, no se detuvieron. Eran personas con funciones importantes en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor por el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos para atender al herido o al menos para buscar ayuda. Uno se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo que en este mundo ansioso retaceamos tanto: le dio su tiempo. Seguramente él tenía sus planes para aprovechar aquel día según sus necesidades, compromisos o deseos. Pero fue capaz de dejar todo a un lado ante el herido, y sin conocerlo lo consideró digno de dedicarle su tiempo.» (FT 63)

Desde ya que esta parábola nos puede ayudar en nuestro examen de conciencia cuaresmal para volver a Dios y revisar conscientemente si en nuestra vida cotidiana los otros son mis hermanos. Al reflexionar sobre la parábola del buen Samaritano el Papa Francisco nos dice: «¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente.» (FT 64)

En esta cuaresma nos puede venir bien preguntarnos al leer la parábola del buen Samaritano con quién nos identificamos. Quizás en lo personal podamos tener aspectos 

de los tres personajes principales de la misma: el herido tirado en el camino, el que es indiferente o ignora a sus hermanos y el buen Samaritano.

Revisarnos implica que nos encontremos con nosotros mismos. Es fundamental reconocer y ser veraces con nuestros dones y miserias. Somos siempre necesitados, de diferentes maneras. La humildad es la puerta de ingreso a la conversión a Dios y a los hermanos. La soberbia, por el contrario, es el peor de los pecados, es creerse como Dios, autosuficientes. Aquí nos replica la expresión del fariseo que agradece a Dios no ser como el publicano pecador (cfr. Lc 18,11-12). Todos necesitamos de Dios y de los otros que son nuestros hermanos.

El Papa Francisco nos dice: «Luego la parábola nos hace poner la mirada claramente en los que pasan de largo. Esta peligrosa indiferencia de no detenerse, inocente o no, producto del desprecio o de una triste distracción, hace de los personajes del sacerdote y del levita un no menos triste reflejo de esa distancia cercenadora que se pone frente a la realidad. Hay muchas maneras de pasar de largo que se complementan: una es ensimismarse, desentenderse de los demás, ser indiferentes…» (FT 73)

Quiero subrayar un texto de esta reflexión de la parábola del buen Samaritano que es clave para introducirla en nuestro examen de conciencia cuaresmal que nos ayudará a revisar nuestra espiritualidad y nuestro discipulado cristiano: «En los que pasan de largo hay un detalle que no podemos ignorar; eran personas religiosas. Es más, se dedicaban a dar culto a Dios: un sacerdote y un levita. Esto es un fuerte llamado de atención, indica que el hecho de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada. Una persona de fe puede no ser fiel a todo lo que esa misma fe le reclama, y 

sin embargo puede sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás. Pero hay maneras de vivir la fe que facilitan la apertura del corazón a los hermanos, y esa será la garantía de una auténtica apertura a Dios. San Juan Crisóstomo llegó a expresar con mucha claridad este desafío que se plantea a los cristianos: “¿Desean honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecien cuando lo contemplen desnudo […], ni lo honren aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonan en su frío y desnudez”. La paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes.» (FT 74)

Para hacer una revisión cuaresmal de nuestra condición de cristianos tendremos que considerar tanto la dimensión personal, como la social y eclesial. Lamentablemente en nuestro tiempo el materialismo o el secularismo hacen que en nuestro estilo de vida vaya ganando espacio el virus de la indiferencia y el individualismo. La Pascua que es cambio, que es morir para vivir, nos puede ayudar a volver a Dios y a los hermanos. Si realmente queremos cambiar las actitudes que dañan el llamado al amor, debemos ser concretos. El solo deseo de cambiar no es suficiente. El cambio pascual es ahora y no después. 

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Finalmente quiero que consideremos brevemente algunos aspectos propios de nuestra realidad misionera en relación a que los otros son mis hermanos. Hay muchos gestos concretos de cristianos que son signos proféticos de esperanza. En las comunidades se multiplican acciones solidarias ligadas al bien común. Como cada año realizaremos la colecta cuaresmal que llamamos «del 1%». Proponemos compartir con nuestros hermanos más necesitados por lo menos el 1% del total de nuestros ingresos. Es un gesto que nos implica 

acercarnos a la imagen del Samaritano que, al pasar junto a su hermano necesitado, «lo vio y se conmovió, se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo». (cfr. Lc 10,33-34). La colecta se realizará el fin de semana del 13 y 14 de marzo. Esta ofrenda estará destinada especialmente a aquellos hermanos necesitados a quienes se ayudará a mejorar las viviendas, los techos, las letrinas. Obviamente con esto no solucionaremos el problema de la vivienda de tantos hermanos, pero como diócesis realizamos un gesto concreto de caridad y justicia.

Sin embargo, hay también muchos cristianos que siguen de largo ante el herido del camino. Lamentablemente se siguen multiplicando la pobreza, el hambre, las deplorables condiciones en que se encuentran jóvenes y niños, la violencia contra los derechos humanos de los niños por nacer, los niños desnutridos, los ancianos descartados, los enfermos y los que sufren el flagelo de la pandemia por el coronavirus. Y tantas otras pobrezas de las periferias existenciales que se suman a esta larga lista. Éstas y tantas otras situaciones nos reclaman la actividad más básica de nuestra condición de cristianos: el reconocer que esos otros son también mis hermanos. 

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El tiempo cuaresmal nos ayuda a abrirnos a la gracia de Dios que nos invita a seguir los pasos de Jesucristo el Señor. Necesitamos mirarlo. El apóstol Pablo nos dice en la carta a los Filipenses: «Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con 

aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: Jesucristo es el Señor.» (Flp 2,5-11). Este es el misterio Pascual: Cristo el Señor dio su vida por amor, se hizo uno de nosotros y padeció por amor el sufrimiento y la humillación. Recibió una sentencia a muerte siendo que él era inocente. Asumió nuestras fragilidades y pecados para redimirnos. La Pascua es la celebración de Dios que es amor y que nos llama a dignificarnos y dignificar a nuestros hermanos amando. Aun cuando esto parece imposible, es el código, el único código que salva al mundo y hace posible la fraternidad humana. Por eso la Pascua sigue siendo en nuestro siglo XXI la Buena Noticia que necesita el mundo y que nos llena de verdadera esperanza.

Un saludo cercano como Padre y Pastor.

Miércoles de ceniza, 17 de febrero de 2021.

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