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Este martes 1 de octubre, el Papa Francisco inauguró en la Basílica de San Pedro el Mes Misionero Extraordinario, que la Iglesia universal celebrará durante todo el mes de octubre, mes del Rosario, este 2019.

El Santo Padre señaló en su homilía que durante este mes seremos acompañados por los modelos de una religiosa, un sacerdote y una laica: Santa Teresa del Niño Jesús, San Francisco Javier y la venerable Paulina Jaricot, quienes muestran que “nadie está excluido de la misión de la Iglesia”.

El Papa señaló que “hoy entramos en el octubre misionero acompañados por tres ‘siervos’ que han dado mucho fruto. Nos muestra el camino Santa Teresa del Niño Jesús, que hizo de la oración el combustible de la acción misionera en el mundo. Este es también el mes del Rosario: ¿Cuánto rezamos por la propagación del Evangelio, para convertirnos de la omisión a la misión?”. 

“Luego -indicó- está San Francisco Javier, quizá después de San Pablo el más grande misionero de la historia. También él nos remueve: ¿Salimos de nuestros caparazones, somos capaces de dejar nuestras comodidades por el Evangelio?” 

“Y está la venerable Paulina Jaricot, una trabajadora que sostuvo las misiones con su labor cotidiana: con el dinero que aportaba de su salario, estuvo en los inicios de las Obras Misionales Pontificias. Y nosotros, ¿hacemos que cada día sea un don para superar la fractura entre el Evangelio y la vida? Por favor, no vivamos una fe ‘de sacristía’”, expresó.

“Nos acompañan una religiosa, un sacerdote y una laica. Nos dicen que nadie está excluido de la misión de la Iglesia”, afirmó el Papa.

A continuación una breve biografía de cada uno de ellos:

Santa Teresa del Niño Jesús

Santa Teresa del Niño Jesús nació en la ciudad francesa de Alençon, el 2 de enero de 1873, sus padres eran San Luis Martin y Santa Acelia María Guerin, canonizados el 2015. Murió en 1897 debido a una tuberculosis, y fue canonizada en 1925 por el Papa Pío XI. Proclamada como patrona mundial de las misiones, fue nombrada "Doctora de la Iglesia" por el Papa Juan Pablo II el 19 de Octubre de 1997 (Día de las misiones).

Se ofreció a Dios como su instrumento. Trataba de renunciar a imaginar y pretender que la vida cristiana consistiera en una serie de grandes empresas, y de recorrer de buena gana y con buen ánimo “el camino del niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre”.

En los últimos tiempos, mantuvo correspondencia con dos padres misioneros, uno de ellos enviado a Canadá, y el otro a China, y les acompañó constantemente con sus oraciones. Por eso, Pío XII quiso asociarla, en 1927, a san Francisco Javier como patrona de las misiones.

San Francisco Javier

San Francisco Javier nació en el castillo de Javier (Navarra) el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió al grupo de San Ignacio de Loyola. Fue ordenado sacerdote en Roma el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541 marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente la India y el Japón durante diez años, y convirtió muchos a la fe. Murió el año 1552 en la isla de Sanchón Sancián, a las puertas de China.

Venerable Paulina Jaricot

Paulina Jaricot nació en Lyon (Francia) en 1799, fundadora de la Propagación de la Fe, falleció en 1862, y veinte años después, fue proclamada venerable en 1963 por el Papa Juan XXIII.

Desde pequeña demostró una gran inclinación por ayudar a los misioneros, y pedía a Dios que la ayudará. Inspirada por la narración de una sirvienta, y por una homilía sobre la vanidad, decide empezar una nueva obra llamada Propagación de la fe, la cual consistía en grupos comprometidos en dar cada limosna para los misioneros, y ofrecer oraciones y pequeños sacrificios por ellos.

En 1882, el Papa León XIII extendió la Obra de la Propagación de la Fe a todo el mundo, celebrándose en el mes de octubre (y especialmente en el tercer domingo de este mes), donde se ofrecen oraciones, sacrificios y limosnas por las misiones y los misioneros del mundo entero.

Con el ejemplo de estos santos, el Santo Padre hace un llamado a hacer “cada día sea un don para superar la fractura entre el Evangelio y la vida”, y dejar de tener una fe “de sacristía”.

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